Publicación: 2016-08-29 22:20:36 Por: sysadmin  Fuente: Notimex

Abuelitos encuentran alegría de sonreír fuera de casa

Por Adamina Márquez Díaz Ixtapaluca, Méx., 29 Ago (Notimex).- Mientras acaricia el canasto que ha hecho con sus propias manos, doña Francisca

Por Adamina Márquez Díaz

Ixtapaluca, Méx., 29 Ago (Notimex).- Mientras acaricia el canasto que ha hecho con sus propias manos, doña Francisca pide que no pregunte por su historia porque eso la va a hacer llorar y ella no quiere estar triste.

Hace un tiempo que ha decidido no derramar más lágrimas, no sufrir, por eso todos los días abandona su casa para refugiarse en la Casa del Adulto Mayor, que ahora considera su verdadero hogar.

“Para qué voy estar allá (en su casa), sólo para sufrir y llorar porque mi marido me grita que ya no sirvo, que no puedo hacer las cosas que antes hacía”, dice e inevitablemente una lágrima se le escapa de sus cansados ojos.

Ella y su esposo viven solos porque sus hijos ahora han formados sus propias familias. Sin embargo, la soledad no ha hecho que la vida de este matrimonio mejore, pues con la edad, las imposibilidades físicas y el escaso ingreso económico, el trato entre ambos se ha vuelto cada día más amargo.

“Ahora, cada uno duerme en su propio cuarto –cuenta su nuera–, todos los días él se va a su puesto de pulques y ella se viene a la Casa del Adulto Mayor, regresan en la noche, ella se mete a su cuarto y él al suyo. Y así están”.

Doña Francisca vuelve a acariciar el canasto, “Aquí por lo menos me cuidan, me enseñan nuevas cosas, como hacer estas artesanías o a hacer ejercicio”, dice y mientras mira su obra vuelve a sonreír.

Hace algunos meses que doña Francisca se animó a salir de su depresión. La esposa de su nieto la convenció de asistir a las clases de yoga y reflexoterapia en este lugar. Esta mujer de 69 años de edad encontró nuevamente las ganas de comer, de cantar y de bailar, volvió a sentirse útil y rencontró las ganas de vivir.

“Cuando llegó era muy tímida, no decía nada, sólo estaba sentadita en un rinconcito. No hablaba con nadie, pero ahora es de las más alegres”, asegura la encargada de este espacio para la tercera edad, Guadalupe Menderoz Torres.

El Estado de México es la entidad con mayor población adulta mayor, al contar con 994 mil 375 personas en un rango de edad de 65 o más años, según datos del Inegi 2015. Aunque el DIF estatal no cuenta con cifras exactas de cuántos abuelitos sufren maltrato intrafamiliar, los cierto es que casos así son comunes.

“Muchos abuelitos vienen porque en sus casas son tratados como una carga, ya no se quieren hacer responsables de ellos, a pesar de que son sus padres”, y de inmediato presenta un nuevo caso, el de Felipe Gutiérrez Soto, de 76 años de edad.

Don Felipe sólo tiene visión en un ojo, “pero de todo lo demás estoy muy sano –se defiende–. El otro día me llevaron al seguro a que me revisara el doctor. Me hizo muchos estudios pero no salió nada. ¡Ya le decía yo que estaba sano, doctor!”, afirma como si estuviera viendo al médico en persona.

Luego, quedito, como a manera de confidencia, asegura, “La verdad que tenía miedo, pensé que iba a salir la cochinada. Sí, ¿sabe?, es que yo todos los días me echo mi vasito de alcohol, antes más, ahora únicamente los miércoles porque pasa el señor de los pulques”, y se ríe.

Con ilusión en el rostro habla de sus años mozos, cuando trabajaba en la limpieza del famoso restaurante capitalino El charco de las ranas, “Ahí donde mataron a Paco Stanley, yo estaba ese día que lo mataron, fue hace ya algunos años”.

Como doña Francisca a Felipe le duele entrar en el tema que le pregunto pero al final comienza, “Tengo un nietecito que es muy grosero conmigo, se parece a sus padres, me quitan mi dinero, el de la pensión, porque vivo ahí con ellos”, relata.

Y sigue, “yo les dije que si querían les pagaba el dinero de la renta pero que no me quitaran mi pensión, pero pues como uno vive de arrimado pues no puede decir mucho”.

La Casa del Adulto Mayor en el cerro del Tejolote, una de las ocho que hay en el municipio de Ixtapaluca, Estado de México, atiende a 150 adultos mayores, de los cuales el 15 por ciento registra maltrato dentro de su propia familia.

“No tenemos una cifra más certera porque en muchas ocasiones los abuelitos se niegan a hablar por temor a sus hijos o familiares, temen que les peguen o no les den de comer”, asegura Guadalupe Menderoz Torres.

En su experiencia como encargada de esta estancia, cuenta, ha tenido que ver casos en los que los propios hijos se niegan a tener a sus vetustos padres en casa, se las quitan, los demandan, les quitan también la pensión, a veces, asegura, ni les dan de comer.

“Por eso prefieren estar aquí, el problema es que a las 6 de la tarde tienen que regresar a su casa. Por eso estamos viendo la posibilidad de gestionar un asilo para todos los abuelitos que no estén a gusto en su casa, ahí los podríamos cuidar”.

En el patio de la estancia, Francisca juega con su bisnieta, la primera. Sonriendo la persigue, le dice que tenga cuidado, pero ella misma da un mal paso y cae. Los demás abuelitos van en su ayuda y la levantan.

Entre todos le sacuden la ropa, le limpian la cara, le soban el chipote que se le ha formado en la frente, le ponen azúcar, le acarician la cabeza y le dan palabras de ánimo.

“Siempre me caigo en casa –asegura–, pero yo solita me levanto y me regaño, me digo “qué no sabes caminar o qué”; luego sigo andando.

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