Publicación: 2016-08-29 22:31:04 Por: sysadmin  Fuente: Notimex

El centro de acogida de Vinoug “es una prisión, una prisión blanda”

Por Luca Pistone. Enviado Gevgelija, Macedonia, 29 Ago (Notimex).- “La gente de aquí, incluido yo, fuimos los últimos que pasamos por Idomeni,

Por Luca Pistone. Enviado

Gevgelija, Macedonia, 29 Ago (Notimex).- “La gente de aquí, incluido yo, fuimos los últimos que pasamos por Idomeni, en marzo pasado. Luego lo cerraron todo”. Wassim insiste en enseñar el interior de su cubículo, en el centro de acogida de Vinojug, en Gevgelija. Una litera blanca y una ventana con vistas al oprimente alambre que marca la frontera entre Macedonia y Grecia.

Justo detrás de la barrera se encuentra el espectro de Idomeni, el gigantesco campamento que estuvo durante mucho tiempo bajo el punto de mira de la prensa internacional y que desmantelaron casi de repente a finales de mayo.

“Viví allí más de dos meses -dice Wassim, de 25 años, originario de Alepo, donde estaba estudiando para ser abogado-. Desde marzo estoy aquí. Sin lugar a dudas, aquí las condiciones son mejores. Pero no hay mucho más que hacer: ahí estaba bloqueado y aquí también”.

Vinojug es una aglomeración de cubículos bajos y calles de piedras blancas completamente vallado. Tiene 130 habitantes, los últimos que llegaron de Grecia, hace ahora cinco meses. Como Malik, que huyó de Siria a finales de 2015.

"Pasé algún tiempo en Turquía, primero en Estambul y después en Izmir -dice- y luego crucé el mar Egeo hasta llegar a la isla de Lesbos. Cuando llegué aquí, a Macedonia, pensé que había hecho la mayor parte de mi viaje, que había superado los obstáculos más difíciles. Inmediatamente traté de seguir por Serbia, pero desafortunadamente ya habían cerrado las fronteras para los inmigrantes".

A pesar de este estancamiento, Malik puede considerarse afortunado en comparación con los casi 60 mil que viven en las tiendas de los hacinados campamentos de refugiados de la vecina Grecia. Pero su destino final, Amsterdam, sigue siendo un espejismo.

"Sobre el trato que se nos da no podemos decir nada -afirma Rashid, también de Alepo pero que quiere ir a Alemania-, pero vivimos en una prisión, una prisión blanda. No podemos salir de aquí, cosa que sí que pasa en Grecia".

"El principal problema es que aquí en Macedonia son muy pocos los que son reconocidos como refugiados -explica Meri Naumova, responsable de la ONG italiana La Strada-. Aquí hay sobre todo familias, y la mitad son niños. Todos quieren irse de aquí. Primero estaban bloqueados en Turquía, después en Grecia y ahora aquí, desde hace demasiado tiempo”.

Afirma que “han puesto a prueba su paciencia demasiadas veces. Por nuestra parte tratamos de controlarlos, incluso desde el punto de vista psicológico. Y de mantenerlos alejados de los traficantes".

Y añade: "Hemos puesto en marcha un programa especial para los niños. Tenemos diferentes actividades, incluyendo el estudio de la lengua macedonia y el alemán. Por otra parte, tenemos clases de música, danza, teatro, torneos de fútbol y de tenis de mesa. Tratamos de mantenerlos distraídos de la situación de inmovilismo que estamos viviendo".

Inicialmente el gobierno de Macedonia había creado esta moderna estructura para convertirla en un centro de tránsito. Pero en la actualidad, inevitablemente, se ha convertido en un centro de acogida permanente.

Hasta el pasado mes de marzo aquí identificaban a los inmigrantes procedentes de Idomeni, y luego los dejaban seguir hasta el centro de Kumanovo, en el norte del país, en la frontera con Serbia. Quedaban sólo unos pocos kilómetros antes de cruzar la frontera y seguir hacia Hungría.

"Están agotados y quieren dejar atrás todo esto -explica Tara Kalaputi, trabajadora de la ONG local Legis-, lo perciben como una prisión. Las condiciones del campamento son muy buenas. Tienen un lugar para dormir”.

Señala que “ahora hace mucho calor, pero tienen aire acondicionado. La Cruz Roja les da de comer tres veces al día en colaboración con varias organizaciones no gubernamentales. La cuestión es que no tienen ningún estatus legal en este país. Por eso hay gente dispuesta incluso a volver a Siria".

Entre ellos está Mustafa, de 24 años, un sirio de Damasco: "Si pienso en todas las vicisitudes que he vivido y en todo el dinero que gasté para llegar a Macedonia, me echo a llorar. Todo esto para encontrarme encerrado en un cubículo... Estaría mucho mejor en casa, entre muertos y heridos de una guerra que no acabará nunca".

A pocos metros de distancia está Zahra, una siria de 22 años que sostiene en brazos al pequeño Yussuf: "Todos me dicen que mi bebé es como si fuese un hijo de Idomeni. Nació en marzo, cuando aún estábamos acampados allí. Me llevaron al hospital de Kilkis y allí di a luz con garantías, con seguridad. Su padre ya está en Munich, en Alemania. Si Dios quiere estaremos con él dentro de pocas semanas".

La Cruz Roja de Macedonia es quien se ocupa de la reagrupación familiar en Vinojug. Slobodan Mitrovic es su jefe de equipo: "Estamos presentes las 24 horas al día, todos los días de la semana, durante todo el mes. Prestamos atención médica básica a los refugiados”.

“Las complicaciones derivan del calor; no son raros los ataques de epilepsia por el bochorno. Y luego están los problemas psicológicos. Después de meses aquí dentro, como es normal, muchos sienten la necesidad de salir. Tratamos de complacerlos, les acompañamos fuera siempre que es posible", señala.

Mustafa, quien presencia la conversación con Slobodan, comenta: "Me acompañan a hacer la compra o a comprar cigarrillos. Sin embargo, dar un paseo como se hace cuando se saca a los perros a hacer sus necesidades no se parece ni de lejos a la libertad".

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