Publicación: 2016-09-26 22:17:47 Por: sysadmin  Fuente: Associated Press

Refugiado sirio vive en Alemania, sufre realidad de su país

SAARBRUECKEN, Alemania (AP) — En una intersección, Mohamed al-Haj esperaba pacientemente que cambiase la luz. No había automóviles a la vista ni

SAARBRUECKEN, Alemania (AP) — En una intersección, Mohamed al-Haj esperaba pacientemente que cambiase la luz. No había automóviles a la vista ni policías. En Siria, su país, no lo habría pensado dos veces.

Pero aquí en Alemania, la ley estipula que solo puede cruzar con luz verde y Mohamed no pensaba violarla.

"No quiero acostumbrarme a hacer esas cosas", dijo Mohamed, de 27 años. "Desde el primer día me di cuenta de que este era un país en el que se respetan las leyes".

Mohamed vive en dos mundos, uno de ellos regido por normas, en el que sabe cuáles son sus derechos y sus responsabilidades, donde puede planificar su futuro, al que llegó el año pasado junto con cientos de miles de refugiados.

El otro, el infierno de Siria, es un mundo completamente distinto. Lo primero que hace en la mañana es internarse en la web en busca de las últimas noticias sobre su país, casi siempre lúgubres. No puede evitarlo, por más que se sienta impotente, y día tras día observa desde lejos la destrucción de su ciudad, Alepo.

"Siria es como una pesadilla que viaja conmigo adondequiera que vaya", expresó. "Puedo estar aquí sentado sin hacer nada y de repente me entero de que alguien ha muerto".

La Associated Press acompañó a Mohamed en el verano del 2015, cuando hizo el agotador recorrido a pie desde Turquía hasta Alemania. En agosto lo visitó en la ciudad alemana de Saarbruecken.

Allí comparte un departamento de dos dormitorios con otros dos sirios. Hay pocos muebles y ninguno de los tres tiene cama. Hay una pizarra que cuelga en la pared, en la que uno de los sirios dibujó el mapa de su país y la bandera de la oposición siria.

Mohamed recibe una pensión mensual de 370 euros (400 dólares) del gobierno, que paga además por el alquiler, los servicios y una escuela donde aprende alemán. Se siente agradecido. Dice que Alemania "me abrió sus puertas y me dio todo lo que tengo".

El dinero apenas si alcanza para sobrevivir. Rara vez come afuera, se sienta en un café o va al cine. Tiene un par de jeans y un par de zapatos. No puede visitar a amigos sirios que viven en otras partes de Alemania porque el transporte público le resulta demasiado caro.

Muchos otros viven circunstancias similares. En el 2015 477.000 refugiados, incluidos 160.000 sirios, solicitaron asilo en Alemania, y este año lo han hecho otros 310.000.

Cinco días a la semana Mohamed asiste a clases de alemán. Va a pie --le toma 25 minutos-- para ahorrarse el boleto de autobús. Luego de cuatro meses de clases, se las arregla para mantener conversaciones en alemán básico.

Mientras hablaba con la AP una tarde reciente en Saarbruecken, dos alemanes pasaron a su lado caminando desnudos. Mohamed ni se inmutó. Explicó que hay un grupo de anarquistas que a veces se pasean por la ciudad sin ropas.

Hay otras cosas a las que tiene que acostumbrarse. No te sacas los zapatos cuando entras a la vivienda de alguien, como hacen en Siria. No visitas a nadie sin avisar previamente que vas. Y jamás llamas por teléfono después de las diez de la noche.

Es un mundo muy diferente al de Siria.

La familia de Mohamed se desperdigó por todos lados como consecuencia de la guerra, igual que tantas otras familias. Una hermana vive en la ciudad turca de Killis, otra en Izmir y una tercera en el Líbano. Sus padres están en Izmir, con un hermano, mientras que su hermano sigue en Siria, manejando un taxi.

Mohamed es el que más lejos está de Siria y no puede verse con el resto de su familia. Solo puede hablar por teléfono.

Y después de cada llamada, "se me estremece el corazón", cuenta.

Cada tanto conversa con sus padres a través de WhatsApp

En las conversaciones Mohamed repite incansablemente las expresiones "inshallah" (Dios mediante) o "al-hamdulillah" (gracias a Dios). Son formas de aliviar el ambiente y evitar que se preocupen más de la cuenta.

En julio Mohamed se enteró de la muerte de otro amigo. Se despertó una mañana, entró a Facebook y vio que Tareq al-Bayanooni, un comandante rebelde, había fallecido en un ataque aéreo cerca de Alepo.

Dijo que sintió como si hubiese recibido una puñalada en el corazón.

"Pero no lloré; sinceramente, ya no me quedan lágrimas".

Al-Bayanooni es el quinto amigo de infancia que muere, gente con la que de niño jugaba en las calles de la ciudad. Calcula que en total ha perdido entre 20 y 25 amigos.

Daba la impresión de que la parte de Alepo en manos de la oposición estaba a punto de caer. Mohamed llamaba por teléfono constantemente en busca de noticias. Desatendió los estudios. "Estaba deprimido, no me podía concentrar", afirmó.

Pare peor, sentía que no podía llamar a sus amigos o parientes de Alepo.

"No puedo estar a salvo aquí en Alemania y llamar para preguntarle a alguien en Alepo cómo le va", explicó. "Solo te dicen 'démosle las gracias al Señor' y nada más. Saben que pueden morir en cualquier momento".

Los compañeros de vivienda de Mohamed se burlan de él porque está tan pendiente de la guerra. Los comprende, están hartos de lo que sucede en Siria.

Mohamed también quiere seguir haciendo su vida en Alemania. Espera comenzar a estudiar en una universidad el año que viene o, si no puede hacerlo, recibir capacitación en algún programa vocacional para poder conseguir trabajo rápido. Cuando tenga trabajo, pagará impuestos y asegura que devolverá el dinero que está recibiendo del gobierno.

Por ahora, su futuro depende de que aprenda alemán. Si no aprueba un examen en octubre, tendrá que repetir el curso y todo se demorará.

"Hay que ser paciente", expresó. "Tengo que recorrer un largo camino y sin paciencia no lo podré completar".

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